La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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A las seis y media un recadero trajo un sobre que contenía mi carta y el billete de quinientos francos: ni una palabra más.

—¿Quién le ha entregado esto? —dije a aquel hombre.

—Una señora que ha subido con su doncella en el correo de Boulogne y que me ha encargado que no la trajera hasta que el coche estuviera fuera del patio.

Corrí a casa de Marguerite…

—La señora se ha ido a Inglaterra hoy a las seis —me respondió el portero.

Nada me retenía ya en París, ni odio ni amor. Estaba agotado por todas aquellas conmociones. Un amigo mío iba a hacer un viaje a Oriente; fui a decir a mi padre que deseaba acompañarlo; mi padre me dio camas de crédito y recomendaciones, y ocho o diez días después me embarqué en Marsella.

Fue en Alejandría, por medio de un agregado de la embajada a quien había visto alguna vez en casa de Marguerite, donde me enteré de la enfermedad de la pobre chica.

Le escribí entonces la carta cuya contestación conoce usted, y que recibí en Toulon.

Salí enseguida, y el resto ya lo sabe usted.

Ahora ya no le queda más que leer las pocas hojas que Julie Duprat me ha enviado y que son el complemento indispensable de lo que acabo de contarle.


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