La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Hoy esto; enferma; puedo morir de esta enfermedad, pues siempre he tenido el presentimiento de que moriría joven. Mi madre murió enferma del pecho, y mi forma de vivir hasta el presente no ha podido sino empeorar esa afección, la única herencia que me dejó; pero no quiero morir sin que sepa usted a qué atenerse respecto a mí, si es que, cuando regrese, aún se preocupa por la pobre chica a quien tanto quería antes de marcharse.
He aquí lo que contenía aquella carta, que me sentiría feliz de volver a escribir para darme una nueva prueba de mi justificación:
Recordará usted, Armand, cómo la llegada de su padre nos sorprendió en Bougival; se acordará del terror involuntario que aquella llegada me causó, de la escena que tuvo lugar entre usted y él y que usted me contó por la noche.
Al día siguiente, mientras estaba usted en París esperando a su padre, que no volvía, se presentó un hombre en mi casa y me entregó una carta del señor Duval.
Aquella carta, que adjunto a ésta, me rogaba en los términos más solemnes que lo alejara a usted al día siguiente con cualquier pretexto y que recibiera a su padre; tenía que hablar conmigo y me recomendaba sobre todo que no le diera a usted nada de su petición.
Ya sabe con qué insistencia le aconsejé a su vuelta que fuera otra ver a París al día siguiente.