La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Hacía una hora que se había marchado usted cuando se presentó su padre. Excuso decirle la impresión que me causó su rostro severo. Su padre estaba imbuido de las vigas teorías, que quieren que toda cortesana sed un ser sin corazón, sin razón, una especie de máquina de coger oro, siempre dispuesta, como las máquinas de hierro, a triturar la mano que le tiende algo y a desgarrar sin piedad, sin discernimiento, al que la hace vivir y actuar.

Su padre me escribió una carta muy correcta para que yo accediera a recibirlo; no se presentó en absoluto como había escrito. Hubo en sus primeras palabras la suficiente altanería, impertinencia a incluso amenazas para que yo le hiciera comprender que estaba en mi casa y que no tenía por qué darle cuenta de mi vida, a no ser por el sincero afecto que sentía por su hijo.

El señor Duval se calmó un poco, y con todo se puso a decirme que no podía sufrir por más tiempo que su hijo se arruinará por mí; que yo era hermosa, cierto, pero que por hermosa que fuese no debía servirme de mi hermosura para echar a perder el porvenir de un joven con gastos como los que yo tenía.



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