La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Hija mÃa, no me tome a mal lo que voy a decirle; comprenda solamente que la vida tiene a veces necesidades crueles para el corazón, pero a las que hay que someterse. Es usted buena, y hay en su alma generosidades desconocidas de muchas mujeres que quizá la desprecian y no valen lo que usted. Pero piense que al lado de la amante está la familia; que más allá del amor están los deberes; que a la edad de las pasiones sucede la edad en que el hombre, para ser respetado, necesita estar sólidamente asentado en una posición seria. Mi hijo no tiene fortuna, y sin embargo está dispuesto a cederle la herencia de su madre. Si él aceptara el sacrificio que está usted a punto de hacer, serÃa para él un motivo de honor y dignidad el hacerle a usted a cambio esa cesión que la pondrÃa para siempre al abrigo de una adversidad completa. Pero él no puede aceptar ese sacrificio, porque el mundo, que no la conoce, atribuirÃa a ese consentimiento una causa desleal que no debe alcanzar al nombre que llevamos. No mirarÃan si Armand la ama ni si usted lo ama a él, si ese doble amor es una felicidad para él y una rehabilitación para usted; no verÃan más que una coca: que Armand Duval ha permitido que una entretenida, y perdóneme, hija mÃa, lo que me veo obligado a decirle, vendiera para él todo lo que poseÃa. Luego llegarÃa el dÃa de los reproches y las lamentaciones, puede estar segura, para usted como para los demás, y arrastrarÃan los dos una cadena que no podrÃan romper; ¿qué harÃan entonces? Usted habrÃa perdido su juventud, el porvenir de mi hijo estarÃa destruido, y yo, su padre, sólo tendrÃa de uno de mis hijos la recompensa que espero de los dos.