La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo lloraba silenciosamente, amigo mío, ante todas aquellas reflexiones que yo me había hecho con tanta frecuencia y que, en boca de su padre, adquirían una realidad más seria aún. Me decía todo lo que su padre no se atrevía a decirme y que tuvo en la punta de la lengua veinte veces: que al fin y al cabo yo no era más que una entretenida y que cualquier razón que diera a nuestra relación tendría siempre el aspecto de cálculo; que mi vida pasada no me daba ningún derecho a soñar con semejante futuro y que aceptaba responsabilidades que por mis costumbres y mi reputación no —ofrecían ninguna garantía. En fin, yo lo amaba a usted, Armand. La manera paternal de hablarme del señor Duval, los castos sentimientos que evocaba en mí, la estima de aquel anciano leal que iba a conquistar, la suya, que estaba segura de tener más tarde, todo ello despertó en mi corazón nobles pensamientos que me realzaban a mis propios impulsaban a hablar de santas vanidades, desconocidas hasta entonces. Cuando pensaba que algún día aquel anciano, que me imploraba por el futuro de su hija, diría a su hija que añadiera mi nombre a sus oraciones, como el nombre de una misteriosa amiga, me transformaba y me sentía orgullosa de mí misma.