La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias La exaltación del momento exageraba quizá la verdad de aquellas impresiones; pero eso era lo que yo experimentaba, amigo, y aquellos nuevos sentimientos hacÃan callar los consejos que me Baba el recuerdo de los dÃas felices pasados con usted.
—Está bien, señor —dije a su padre, enjugando mis lágrimas—. ¿Cree usted que amo a su hijo?
—Sà —me dijo el señor Duval.
—¿Con un amor desinteresado?
—SÃ.
—¿Cree que habÃa hecho de ese amor la esperanza, el sueño y el perdón de mi vida?
—Firmemente.
—Pues bien, señor, béseme una vez como besarÃa a su hija, y le juro que ese beso, el único realmente casto que habré recibido, me hará fuerte contra mi amor, y que antes de ocho dÃas su hijo volverá con usted, quizá desgraciado por algún tiempo, pero curado para siempre.
—Es usted una noble muchacha —replicó su padre, besándome en la frente, e intenta algo que Dios le tendrá en cuenta, pero mucho me temo que no obtendrá nada de mi hijo.
—¡Oh!, esté tranquilo, señor: me odiará.
HacÃa falta levantar entre nosotros una barrera infranqueable para el uno como para el otro.