La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Pasé al estado de cuerpo sin alma, de cosa sin pensamiento; viví durante algún tiempo con aquella vida automática; luego volví a París y pregunté por usted; me enteré entonces de que se había ido a un largo viaje. , Ya nada me sostenía. Mi existencia volvió a convertirse en lo que era dos años antes de que lo conociera. Intenté atraerme al duque, pero había herido harto rudamente a aquel hombre, y los ancianos no son pacientes, sin duda porque se daba cuenta de que no son eternos. La enfermedad se apoderaba de mí de día en día, estaba pálida, estaba triste, estaba más delgada todavía. Los hombres que compran el amor examinan la mercancía antes de tomarla. Había en París mujeres con mejor salud y más carnes que yo; me olvidaron un poco. Este ha sido el pasado hasta ayer.
Ahora estoy enferma de verdad. He escrito al duque pidiéndole dinero, pues no lo tengo, y los acreedores han vuelto y me traen sus facturas con un encarnizamiento despiadado. ¿Me contestará el duque? ¡Si estuviera usted en París, Armand! Vendría a verme y sus visitas me consolarían.
20 de diciembre.