La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Ahora me dirijo a mi generación, a aquellos para quienes las teorías de Voltaire han dejado por suerte de existir, a aquellos que, como yo, comprenden que la humanidad se encuentra desde hace quince años en uno de sus impulsos más audaces. La ciencia del bien y del mal ha sido adquirida de una vez para siempre; la fe se reconstruye, el respeto por las cosas santas nos ha sido devuelto y, si el mundo no es bueno del todo, al menos es mejor. Los esfuerzos de todos los hombres inteligentes tienden hacia el mismo fin, y todas las grandes voluntades van enganchadas al mismo principio: ¡seamos buenos, seamos jóvenes, seamos auténticos! El mal no es más que vanidad, tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no desesperemos. No despreciemos a la mujer que no es madre, ni hermana, ni hija, ni esposa. No reduzcamos la estima a la familia, la indulgencia al egoísmo. Puesto que en el cielo hay más alegría por un pecador arrepentido que por cien justos que no han pecado nunca, intentemos alegrar al cielo. El puede devolvérnoslo con creces. Vayamos dejando por el camino la limosna de nuestro perdón a aquellos a quienes los deseos terrenales han perdido y que una esperanza divina puede salvar; y, como dicen las viejas cuando aconsejan un remedio casero, si no hace bien, daño tampoco va a hacer.