La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Marguerite ha entrado en agonÃa esta noche alrededor de las dos. Nunca un mártir ha sufrido semejantes tormentos, a juzgar por los gritos que daba. Dos o tres veces se ha incorporado del todo sobre su lecho, como quisiera agarrar la vida que se remontaba hacia Dios.
Dos o tres veces también ha pronunciado el nombre de usted, luego se ha callado y ha vuelto a caer agotada en la cama. Lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos, y ha muerto.
Me he acercado entonces a ella, la he llamado y, como no respondÃa, le he cerrado los ojos y la he besado en la frente.
¡Pobre querida Marguerite! Me hubiera gustado ser una santa, para que ese beso lo encomendara a Dios.
Luego la he vestido como me habÃa pedido que lo hiciera, he ido a buscar un sacerdote a Saint-Koch, he encendido dos velas por ella y he rezado durante una hora en la iglesia.
He dado a los pobres dinero que era de ella.
No entiendo mucho de religión, pero pienso que Dios reconocerá que mis lágrimas eran verdaderas, mi oración fervorosa, mi limosna sincera, y que tendrá piedad de ella, que, habiendo muerto joven y bella, no me ha tenido más que a mà para cerrarle los ojos y amortajarla.