La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Unos instantes después ha vuelto acompañado de un monaguillo que llevaba un crucifijo, y de un sacristán que iba delante tocando la campanilla, para anunciar que Dios venía a casa de la moribunda.

Han entrado los tres en este dormitorio, donde en otro tiempo resonaron tantas palabras extrañas, y que en aquella hora sólo era un tabernáculo sagrado.

He caído de rodillas. No sé cuánto tiempo durará la impresión que me ha producido este espectáculo, pero creo que, hasta que yo llegue al mismo momento, no habrá cosa humana que pueda impresionarme tanto.

El sacerdote ungió con los cantos óleos los pies, las manos y la frente de la moribunda, recitó una breve oración, y Marguerite se encontró preparada para ir al cielo, donde irá sin duda, si Dios ha visto las pruebas de su vida y la santidad de su muerte.

Desde entonces no ha dicho una palabra ni ha hecho un movimiento. Veinte veces la hubiera creído muerta, de no haber oído el esfuerzo de su respiración.

 

 

20 de febrero, cinco de la tarde.

Todo ha terminado.


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