La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias 19 de febrero, doce de la noche.
¡Qué triste día el de hay, mi pobre señor Armand! Esta mañana Marguerite se ahogaba, el médico le ha hecho una sangría, y ha recobrado un poco la voz. El doctor le ha aconsejado que vea a un sacerdote. Ella ha dicho que bueno, y él mismo ha ido a buscar a un cura de Saint-Roch.
Entre tanto Marguerite me ha llamado al lado de su cama, me ha rogado que abriera el armario, luego me ha señalado un gorro, un camisón cubierto de encajes, y me ha dicho con voz debilitada:
—Voy a morir después de confesarme; vísteme entonces con estas cosas: es una coquetería de moribunda.
Luego me ha besado llorando y ha añadido:
—Puedo hablar, pero me ahogo mucho cuando hablo. ¡Me ahogo! ¡Aire!
Deshecha en lágrimas, abrí la ventana, y unos instantes después entró el sacerdote.
Fui a su encuentro.
Cuando supo dónde estaba, pareció temer que iba a ser mal recibido.
—Entre sin miedo, padre —le he dicho.
Ha estado poco tiempo en la habitación de la enferma, y ha salido diciéndome:
Ha vivido coma una pecadora, pero morirá coma una cristiana.