La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Debo de parecerle muy ridÃculo —añadió. Discúlpeme una vez más y créame que no olvidaré nunca la paciencia con que se digna escucharme.
—Caballero —repliqué—, si el favor que, según parece, está en mi mano hacerle ha de calmar la pena que usted experimenta, dÃgame enseguida en qué puedo servirle, y encontrará usted en mà un hombre dichoso de poder complacerlo.
El dolor del señor Duval inspiraba simpatÃa, y sin querer estaba deseando© serle grato.
Entonces me dijo:
—¿Ha comprado usted algo _en la subasta de Marguerite?
—SÃ, señor, un libro.
—¿Manon Lescaut?
Exactamente.
—¿Tiene usted aún ese libro? Está en mi dormitorio.
Ante esta noticia, Armand Duval pareció quitarse un gran peso de encima y me dio las gracias como si, guardando aquel volumen, hubiera empezado ya a hacerle un favor.
Me levanté, fui a mi habitación a coger el libro y se lo entregué.
—SÃ, es éste —dijo, mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo—. SÃ, es éste.
Y dos gruesas lágrimas cayeron sobre sus páginas.