La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Bueno —dijo, levantando la cabeza hacia mÃ, sin intentar siquiera ocultarme que habÃa llorado y que estaba a punto de llorar otra vez—, ¿tiene usted mucho interés en este libro?
—¿Por qué?
—Porque he venido a pedirle que me lo ceda.
—Perdone mi curiosidad —dije—, pero ¿entonces fue usted quien se lo dio a Marguerite Gautier?
—Yo mismo.
—El libro es suyo, tómelo; me siento feliz de poder devolvérselo.
—Pero —repuso el señor Duval un poco desconcertado— lo menos que puedo hacer es darle lo que le costó.
—PermÃtame que se lo regale. El precio de un solo volumen en una subasta semejante es una bagatela, y ni siquiera me acuerdo de lo que me costó.
—Le costó cien francos.
—Es cierto —dije, desconcertado a mi vez—. ¿Cómo lo sabe usted?