La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Es muy sencillo: esperaba llegar a ParÃs a tiempo para la subasta de Marguerite, y no he llegado hasta esta mañana. QuerÃa a toda costa tener un objeto que hubiera sido suyo y fui corriendo a casa del subastador a pedirle permiso para ver la lista de los objetos vendidos y los nombres de los compradores. Vi que usted habÃa comprado este libro, y decidà rogarle que me lo cediera, aunque el precio que pagó por él me hizo temer si no estarÃa usted también ligado por algún recuerdo a la posesión de este volumen.
Y al decir esto, Armand parecÃa evidentemente temer que yo hubiera conocido a Marguerite como la habÃa conocido él.
Me apresuré a tranquilizarlo.
—Sólo conocÃa de vista a la señorita Gautier —le dije—. Su muerte me causó la impresión que causa siempre en un joven la muerte de una mujer bonita con quien tuvo el placer de encontrarse. Quise comprar algo en su subasta y me empeñé en pujar por este volumen, no sé por qué, por el placer de hacer rabiar a un señor que se habÃa encarnizado en él y parecÃa desafiarme a ver quién se lo llevaba. Asà que, se lo repito, el libro está a su disposición y le ruego otra vez que lo acepte, para que no lo obtenga de mà como yo lo obtuve de un subastador y para que sea entre nosotros el compromiso de un conocimiento más amplio y de unas relaciones más Ãntimas.