La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Está bien —me dijo Armand, tendiéndome la mano y estrechando la mía—. Lo acepto y le estaré eternamente agradecido.

Yo tenía buenas ganas de interrogar a Armand acerca de Marguerite, pues la dedicatoria del libro, el viaje del joven y su deseo de poseer aquel volumen me picaban la curiosidad; pero temía que, al interrogar a mi visitante, pareciera que no había rehusado su dinero sino para tener derecho a meterme en sus asuntos.

Diríase que adivinó mi deseo, pues me dijo:

—¿Ha leído usted este volumen?

De arriba abajo.

—¿Qué ha pensado usted de las dos líneas que escribí?

—He comprendido enseguida que a sus ojos la pobre chica a quien usted dio este volumen era alguien fuera de lo común, pues me resistía a ver en esas líneas sólo un cumplido banal.

—Y tenía usted razón. Aquella chica era un ángel. Tenga —me dijo—, lea esta carta.

Y me tendió un papel que parecía haber sido leído y releído muchas veces.

Lo abrí. Decía lo siguiente:


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