La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Querido Armand: He recibido su carta, y doy gracias a Dios porque está usted bien. SÃ, amigo mÃo, yo estoy enferma, y de una de esas enfermedades que no perdonan; pero el interés que aún se toma usted por mà disminuye mucho mis sufrimientos. Sin duda ya no viviré el tiempo suficiente para tener la suerte de estrechar la mano que ha escrito la bondadosa carta que acabo de recibir, y teas palabras me curarÃan, si algo pudiera curarme. Ya no lo veré más, pues estoy a un paso de la muerte y a usted lo separan de mà centenares de leguas. ¡Pobre amigo mÃo! Su Marguerite de antaño está muy cambiada, y quizá es preferible que no vuelva a verla antes que verla como está. Me pregunta usted si lo perdono. ¡Oh, de todo corazón, amigo mÃo, pues el daño que usted quiso hacerme no era más que una prueba del amor que me tenÃa! Llevo un mes en la cama, y tengo en tanta estima su aprecio, que todos los dÃas escribo el diario de mi villa desde el momento de nuestra separación hasta el momento en que ya no tenga fuerzas para escribir.
Si su interés por mà es verdadero, Armand, a su regreso vaya a casa de Julie Duprat. Ella le entregará este diario. En él encontrará la razón y la disculpa de lo que ha pasado entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; a menudo las dos juntas charlamos de usted. Estaba aquà cuando llegó su carta, y lloramos al leerla.