La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo miraba a aquel hombre, y algunos de mis lectores comprenderán, sin necesidad de explicárselo, la emoción que experimentaba al oÃrlo.
Se dio cuenta sin duda, pues continuó:
—Dicen que ha habido gente que se ha arruinado por esta chica, y que tenÃa amantes que la adoraban; bueno, pues, cuando pienso que ni uno viene a comprarle siquiera una flor, eso sà que es curioso y triste. Y aún ésta no, puede quejarse, pues tiene su tumba, y, si no hay más que uno que se acuerde de ella, él cumple por los demás. Pero tenemos aquà otras pobres chicas de la misma clase y de la misma edad, que han ido a parar a la fosa común, y se me parte el corazón cuando oigo caer sus pobres cuerpos en la tierra. ¡Y una vez muertas, ni un alma se ocupa de ellas! No siempre es alegre el oficio que hacemos, sobre todo mientras nos queda un poco de corazón. ¿Qué quiere usted? Es más fuerte que yo. Tengo una hermosa hija de veinte años y, cuando traen aquà una muerta de su edad, pienso en ella y, ya sea una gran dama o una vagabunda, no puedo menos de emocionarme. Pero sin duda lo estoy aburriendo con estas historias y usted no ha venido aquà para escucharlas. Me han dicho que lo lleve a la tumba de la señorita Gautier, y aquà está. ¿Puedo servirle en alguna otra cosa?
—¿Sabe usted la dirección del señor Armand Duval? —pregunté a aquel hombre.