La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —SÃ, vive en la calle… O por lo menos allà es donde he ido a cobrar el precio de las flores que ve usted.
—Gracias, amigo.
Eché una última mirada a aquella tumba florida, cuyas profundidades deseaba sondear sin querer, para ver lo que habÃa hecho la tierra con aquella hermosa criatura que le habÃan arrojado, y me alejé sumamente triste.
—¿Quiere usted ver al señor Duval? —prosiguió el jardinero, que iba a mi lado.
—SÃ.
—Es que estoy completamente seguro de que todavÃa no ha vuelto; si no, ya lo habrÃa visto por aquÃ.
—¿Entonces está usted convencido de que no ha olvidado a Marguerite?
—No sólo estoy convencido, sino que apostarÃa que su deseo de cambiarla de tumba no es más que el deseo de volver a verla.
—¿Cómo as�