La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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Cuando llegué, Armand ya estaba vestido y preparado para salir.

—Gracias —me dijo, cogiendo las cartas—. Sí —añadió después de haber mirado los remites—, sí, son de mi padre y de mi hermana. No deben de entender el porqué de este silencio.

Abrió las cartas, y más que leerlas las adivinó, pues tenía cuatro páginas cada una y al cabo de un instante ya las había doblado.

—Vámonos —me dijo—, ya contestaré mañana.

Fuimos a ver al comisario de policía, a quien Armand entregó el poder de la hermana de Marguerite.

El comisario le dio a cambio una orden de aviso para el guarda del cementerio; convinimos en que el traslado tendría lugar al día siguiente a las diez de la mañana, que yo iría a recogerlo una hora antes y que iríamos al cementerio los dos juntos.

También yo sentía curiosidad por asistir a aquel espectáculo, y confieso que no dormí en toda la noche.

A juzgar por los pensamientos que me asaltaron a mí, debió de ser una larga noche para Armand.

Cuando al día siguiente a las nueve de la mañana entré en su casa, estaba horriblemente pálido, pero parecía tranquilo.

Me sonrió y me tendió la mano.


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