La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Las velas estaban totalmente consumidas, y, antes de salir, Armand cogió una carta muy gruesa, dirigida a su padre, y confidente sin duda de sus impresiones de aquella noche.
Media hora después llegábamos a Montmartre. El comisario estaba ya esperándonos.
Nos encaminamos lentamente en dirección a la tumba de Marguerite. El comisario iba delante, y Armand y yo lo seguíamos a unos pasos.
De cuando en cuando sentía estremecerse convulsivamente el brazo de mi compañero, como si un escalofrío le corriera de pronto por el cuerpo. Entonces yo lo miraba; él comprendía mi mirada y me sonreía, pero desde que salimos de su casa no habíamos cruzado una palabra.
Un poco antes de llegar a la tumba Armand se detuvo para enjugarse el rostro, inundado de gruesas gotas de sudor.
Aproveché aquel alto para respirar, pues también yo tenía el corazón oprimido como en un torno.
¿De dónde procede ese doloroso placer que experimentamos ante esta clase de espectáculos? Cuando llegamos a la tumba, el jardinero había retirado todos los tiestos, habían quitado el enrejado de hierro, y dos hombres cavaban la tierra.
Armand se apoyó contra un árbol y miró.
Toda su vida parecía estar concentrada en sus ojos.