La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias De pronto, uno de los picos rechinó contra una piedra.
Al oír aquel ruido, Armand retrocedió como ante una conmoción eléctrica, y me apretó la mano con tal fuerza, que me hizo daño.
Un sepulturero cogió una ancha pala y vació poco a poco la fosa; luego, cuando no quedaron más que las piedras que cubrían el ataúd, las arrojó fuera una por una.
Yo observaba a Armand, pues temía que en cualquier instante sus emociones, visiblemente contenidas, acabaran por destrozarlo; pero él seguía mirando; tenía los ojos fijos y abiertos como en un acceso de locura, y sólo un ligero temblor de las mejillas y los labios demostraba que era presa de una violenta crisis nerviosa.
De mí sólo puedo decir que lamentaba haber venido.
Cuando el ataúd quedó descubierto del todo, el comisario dijo a los sepultureros:
—Abran.
Los hombres obedecieron como si fuera la cosa más natural del mundo.
El ataúd era de roble, y se pusieron a destornillar la pared superior, que hacía de tapa. La humedad de la tierra había oxidado los tornillos y no sin esfuerzos abrieron el ataúd. Un olor infecto salió de él, a pesar de las plantas aromáticas de que estaba sembrado.