La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¿Qué? —dijo, mirándome como si no me conociera.

—Ya se ha terminado —añadí—. Tiene usted que irse, amigo mío: está usted pálido, tiene frío, y va a matarse con estas emociones.

—Tiene usted razón, vámonos —contestó maquinalmente, pero sin dar un paso.

Entonces lo cogí por el brazo y tiré de él.

Se dejó conducir como un niño, murmurando solamente de cuando en cuando:

—¿Ha visto usted los ojos?

Y se volvía, como si aquella visión lo hubiera llamado.

Sin embargo su paso se hizo irregular; parecía avanzar sólo a sacudidas; le castañeteaban los dientes, tenía las manos frías, y una violenta agitación nerviosa estaba apoderándose de toda su persona.

Le hablé, pero no me respondió.

Todo lo que podía hacer era dejarse llevar.

A la puerta encontramos un coche. No pudo llegar más a tiempo.

No hizo más que sentarse, cuando aumentaron los estremecimientos y tuvo un verdadero ataque de nervios, en medio del cual el miedo de asustarme le hacía murmurar, apretándome la mano:

—No es nada, no es nada, quisiera llorar.


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