La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Y oí dilatarse su pecho, y la sangre se le subía a los ojos, pero las lágrimas no llegaban.
Le hice aspirar el frasco que me había servido a mí, y, cuando llegamos a su casa, sólo los estremecimientos se manifestaban aún.
Con ayuda del criado lo acosté, mandé encender un buen fuego en su habitación y corrí a buscar a mi médico, a quien le conté lo que acababa de pasar.
Acudió a toda prisa.
Armand estaba púrpura, deliraba, balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo el nombre de Marguerite se entendía con claridad.
—¿Qué tiene? —dije al doctor cuando hubo examinado al enfermo.
Pues tiene una fiebre cerebral, ni más ni menos; y es una suerte, pues creo, y Dios me perdone, que se habría vuelto loco. Por suerte la enfermedad física acabará con la enfermedad moral, y dentro de un mes quizá se habrá librado de las dos.