La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Salimos durante un entreacto, y en el pasillo nos cruzamos con una mujer alta, a quien mi amigo saludó.
—¿Quién es ésa a quien ha saludado usted? —le pregunté.
—Marguerite Gautier —me dijo.
—Me parece que está muy cambiada, pues no la he conocido —dije con una emoción que enseguida comprenderá usted.
—Ha estado enferma; la pobre chica no irá muy lejos.
Recuerdo estas palabras como si me las hubieran dicho ayer.
Ha de saber usted, amigo mÃo, que hacÃa dos años que, siempre que me encontraba con aquella chica; su vista me causaba una extraña impresión.
Sin saber por qué, me ponÃa pálido y mi corazón latÃa violentamente. Tengo un amigo que se dedica a las ciencias ocultas y que llamarÃa a lo que yo experimentaba afinidad de fluidos; yo creo simplemente que estaba destinado a enamorarme de Marguerite y que lo presentÃa.
El caso es que me causaba una impresión real, que varios de mis amigos fueron testigos de ello, y que se rieron no poco al identificar a quien me ocasionaba aquella impresión.