La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias El recuerdo de aquella visión, pues fue una verdadera visión, se me quedó grabado en la mente como muchos otros que ya habÃa tenido, y empecé a buscar por todas partes a aquella mujer blanca tan soberanamente bella.
Pocos dÃas después tuvo lugar una gran representación en la ópera Cómica. Fui a ella. La primera persona que vi en un palco proscenio del anfiteatro fue a Marguerite Gautier.
El joven con quien yo estaba también la conoció, pues me dijo nombrándola:
—FÃjese qué chica más bonita.
En aquel momento Marguerite dirigÃa sus gemelos hacia nosotros; vio a mi amigo, le sonrió y le hizo una seña para que fuera a visitarla.
—Voy a saludarla —me dijo—, y vuelvo dentro de un momento.
No pude dejar de decirle:
—¡Qué suerte tiene usted!
—¿Por qué?
—Por ir a ver a esa mujer.
—¿Está usted enamorado de ella?
—No —dije, enrojeciendo, pues realmente no sabÃa a qué atenerme al respecto—, pero sà que me gustarÃa conocerla.
—Pues venga conmigo, yo le presentaré.
—PÃdale permiso primero.