La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Pardiez! Con ella no hay que andarse con tantos remilgos; venga.
Aquellas palabras me dieron pena. Temblaba ante la idea de adquirir la certeza de que Marguerite no mereciera lo que experimentaba por ella.
Hay un libro de Alphonse Karr, titulado Am Rauchen, en el que un hombre sigue por la noche a una mujer muy elegante y tan hermosa, que se ha enamorado de ella a la primera. Con tal de besar la mano de aquella mujer, se siente con fuerzas para emprenderlo todo, con voluntad para conquistarlo todo y con ánimo para hacerlo todo. Apenas si se atreve a mirar el coqueto tobillo que ella enseña al levantarse el vestido para que no se manche al tocar el suelo. Mientras va soñando en todo lo que serÃa capaz de hacer por poseer a aquella mujer, ella lo detiene en la esquina de una calle y le pregunta si quiere subir a su case.
El vuelve la cabeza, atraviesa la calle y regresa muy triste a casa.
Recordaba este estudio, y yo, que habrÃa querido sufrir por aquella mujer, temÃa que me aceptara excesivamente de prisa y me concediera excesivamente pronto un amor que yo hubiera querido pagar con una larga espera o un gran sacrificio. Los hombres somos asÃ; y es una suerte que la imaginación deje esta poesÃa a los sentidos y que los deseos del cuerpo hagan esta concesión a los sueños del alma.