La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Yo hubiera querido comprar toda la tienda, y hasta me preguntaba de qué podÃamos llenar la bolsa, cuando mi amigo pidió:
—Una libra de uvas escarchadas.
—¿Sabe usted si le gustan?
—Todo el mundo sabe que sólo come bombones de esos. Ah —continuó cuando hubimos salido—, ¿sabe usted a qué clase de mujer voy a presentarlo? No vaya a figurarse que es una duquesa, es simplemente una entretenida, y de lo más entretenida, querido amigo; asà que no se ande con remilgos y diga todo lo que se le ocurra.
—Bueno, bueno —balbuceé, y lo seguÃ, diciéndome que iba a curarme de mi pasión.
Cuando entré en el palco, Marguerite reÃa a carcajadas.
Yo hubiera querido que estuviera triste.
Mi amigo me presentó. Marguerite me hizo una ligera inclinación de cabeza y dijo:
—¿Y mis bombones?
—Aquà están.
Al cogerlos, me miró. Bajé los ojos y enrojecÃ.
Se inclinó al oÃdo de su vecina, le dijo unas palabras en voz baja, y ambas rompieron a reÃr.