La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Con toda seguridad era yo la causa de aquella hilaridad; mi confusión aumentó. Por aquella época tenÃa yo por amante a una burguesita muy tierna y sentimental, cuyo sentimiento y melancólicas cartas me hacÃan reÃr. Comprendà el daño que debÃa de hacerle por el que yo experimentaba, y durante cinco minutos la quise como nadie ha querido nunca a una mujer.
Marguerite comÃa las uvas sin preocuparse de mÃ.
Mi introductor no quiso dejarme en aquella ridÃcula posición.
—Marguerite —dijo—, no se extrañe de que el señor Duval no le diga nada, pero es que lo tiene usted tan turbado, que no acierta a decir una palabra.
—Más bien creo yo que el señor lo ha acompañado aquà porque a usted lo aburrÃa venir solo.
—Si eso fuera cierto —dije yo entonces—, no habrÃa rogado a Ernest que le pidiera a usted permiso para presentarme.
—Quizá no fuera más que un modo de retrasar el momento fatal.
Por poco que uno haya vivido con chicas de la clase de Marguerite, sabe el placer que les causa dárselas de falsamente ingeniosas y embromar a la gente que ven por primera vez. Es sin duda un desquite por las humillaciones que a menudo se ven forzadas a sufrir por parte de los que las ven todos los dÃas.