La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Asà que para responderles hace falta estar un poco habituado a su mundillo, y yo no lo estaba; además la idea que me habÃa hecho de Marguerite me hacÃa exagerar sus bromas. Nada de lo que viniera de aquella mujer me resultaba indiferente. Asà que me levanté, diciéndole con una alteración de voz que me fue imposible de ocultar completamente:
—Si es eso lo que piensa usted de mÃ, señora, sólo me resta pedirle perdón por mi indiscreción y despedirme de usted, asegurándole que no volverá a repetirse.
A continuación saludé y salÃ.
Apenas hube cerrado la puerta, cuando oà la tercera carcajada. Me hubiera gustado que alguien me diera un codazo en aquel momento.
Volvà a mi butaca.
Avisaron que iba a levantarse el telón.
Ernest volvió a mi lado.
—¡Cómo se ha puesto usted! —me dijo al sentarse—. Creen que está usted loco.
—¿Qué ha dicho Marguerite cuando me he ido?
—Se ha reÃdo y me ha asegurado que nunca habÃa visto un tipo tan raro como usted. Pero no hay que darse por vencido; lo único que tiene que hacer es no tomarse a esas chicas tan en serio. No saben lo que es la elegancia ni la cortesÃa; es como echar perfumes a los perros: creen que huelen mal y van a revolcarse en el arroyo.