La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Después de todo, ¿a mà qué me importa? —dije, intentando adoptar un tono desenvuelto—. No volveré a ver a esa mujer y, si me gustaba antes de conocerla, ha cambiado mucho la cosa ahora que la conozco.
—¡Bah! No pierdo la esperanza de verlo un dÃa al fondo de su palco ni de oÃr decir que está arruinándose por ella. Además, tiene usted razón: será una maleducada, pero merece la pena tener una amante tan bonita como ella.
Por suerte se alzó el telón y mi amigo se calló. No podrÃa decirle lo que estaban representando. Todo lo que recuerdo es que de cuando en cuando levantaba los ojos hacia el palco que tan bruscamente habÃa abandonado y que rostros de nuevos visitantes se sucedÃan allà a cada momento.
Sin embargo me hallaba lejos de haber dejado de pensar en Marguerite. Otro sentimiento estaba apoderándose de mÃ. Me parecÃa que tenÃa que olvidar su insulto y mi ridÃculo; me decÃa que, aunque tuviera que gastar lo que poseÃa, aquella chica serÃa mÃa y ocuparÃa por derecho propio el sitio que tan rápidamente habÃa abandonado.
Antes de que terminara el espectáculo, Marguerite y su amiga dejaron el palco.
Sin querer también yo dejé mi butaca.
—¿Se va usted? —me dijo Ernest.
—SÃ.