La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¿Por qué?

En aquel momento se dio cuenta de que el palco estaba vacĂ­o.

—Váyase, váyase —dijo—, y buena suerte, o más bien, mejor suerte.

SalĂ­.

En la escalera oí roces de vestidos y rumor de voces. Me aparté y, sin ser visto, vi pasar a las dos mujeres y a los dos jóvenes que las acompañaban.

Bajo el peristilo del teatro un botones se presentĂł ante ellas.

—Ve a decir al cochero que espere a la puerta del Café Inglés —dijo Marguerite—; iremos a pie hasta allí.

Unos minutos después, rondando por el bulevar, vi a Marguerite a la ventana de uno de los grandes reservados del restaurante: apoyada en el alféizar, deshojaba una a una las camelias de su ramo.

Uno de los dos jĂłvenes estaba inclinado sobre su hombro y le hablaba en voz baja.

Me fui a la Maison-d’Or, me instalé en los salones del primer piso y no perdí de vista la ventana en cuestión.

A la una de la mañana Marguerite volvía a subir a su coche con sus tres amigos.

Tomé un cabriolé y la seguí.

El coche se detuvo en la calle de Antin, nĂşmero 9.


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