La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Marguerite se apeó y entró Bola en su casa.
Fue sin duda una casualidad, pero aquella casualidad me hizo muy dichoso.
Desde aquel dÃa me encontré muchas veces con Marguerite en los espectáculos o en los Campos ElÃseos. Ella siempre con la misma alegrÃa, yo siempre con la misma emoción.
Sin embargo pasaron quince dÃas sin que volviera a verla en ningún sitio. Me encontré con Gaston, y le pedà noticias de ella.
—La pobre chica está muy enferma —me respondió.
—¿Pues qué tiene?
—Tiene que está tÃsica y que, como la vida que ha llevado no es la más adecuada para curarse, está en la cama y se muere.
El corazón es extraño; casi me alegré de aquella enfermedad.
Todos los dÃas iba a preguntar por —la enferma, aunque sin escribir mi nombre ni dejar mi tarjeta. Asà me enteré de su convalecencia y de su marcha a Bagnères.