La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Una vez que llegaron al bulevar, la ayudó a acomodarse en un faetón que conducÃa él mismo, y desaparecieron, llevados al trote por dos soberbios caballos.
Entramos en el palco de Prudence.
Cuando hubo terminado la pieza, bajamos y tomamos un simple simón, que nos condujo hasta la calle de Antin, número 7. A la puerta de su casa Prudence nos invitó a subir para enseñarnos su tienda, que no conocÃamos y de la que ella parecÃa sentirse muy orgullosa. Puede usted imaginarse la rapidez con que acepté.
Me parecÃa que iba acercándome poco a poco a Marguerite. Pronto conseguà que la conversación recayera sobre ella.
—¿Está el viejo duque en casa de su vecina? —dije a Prudence.
—No; ya estará sola.
—Pero entonces va a aburrirse horriblemente —dijo Gaston.
—Solemos pasar juntas casi todas las veladas, o, si no, cuando vuelve, me llama. Nunca se acuesta antes de las dos de la mañana. No puede dormirse más pronto.
—¿Por qué?
—Porque está enferma del pecho y casi siempre tiene fiebre.
—¿No tiene amantes? —pregunté.