La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Hala, vaya… ¡Ah! —me dijo Prudence en el momento en que yo iba a salir—, ahà tiene al duque, que entra en el palco de Marguerite.
Miré.
En efecto, un hombre de setenta años acababa de sentarse detrás de la joven y le daba una bolsa de bombones, de la que ella enseguida sacó uno sonriendo, y luego lo alargó por encima del antepecho de su palco, haciendo a Prudence una seña que podÃa traducirse por:
—¿Quiere?
—No —dijo Prudence.
Marguerite recogió la bolsa y, volviéndose, se puso a charlar con el duque.
El relato de todos estos detalles parece una niñerÃa, pero todo cuanto tenÃa relación con aquella chica está tan presente en mi memoria, que no puedo dejar de recordarlo hoy.
Bajé para avisar a Gaston de lo que acababa de disponer para él y para mÃ.
Aceptó.
Dejamos nuestras butacas para subir al palco de la señora Duvernoy.
Apenas habÃamos abierto la puerta del patio de butacas, cuando nos vimos obligados a detenernos para dejar pasar a Marguerite y al duque, que se iban.
Hubiera dado diez años de mi vida por estar en el sitio del buen viejo.