La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Es más difÃcil.
—¿Por qué?
—Porque es la protegida de un viejo duque muy celoso.
—Protegida; es encantador.
—SÃ, protegida —prosiguió Prudence—. El pobre viejo se verÃa muy apurado para ser su amante.
Prudence me contó entonces cómo Marguerite habÃa conocido al duque en Bagnères.
—¿Por eso está aquà sola? —continué.
—Justamente.
—Pero ¿quién la acompañará?
—Él.
—¿Entonces va a venir a recogerla?
—Dentro de un momento.
—¿Y a usted quién la acompañará?
—Nadie.
—Me ofrezco.
—Pero creo que está usted con un amigo.
—Entonces nos ofrecemos los dos.
—¿Qué amigo es ése?
—Es un muchacho simpático, muy ingenioso, y que estará encantado de conocerla.
—Bueno, de acuerdo; saldremos los cuatro después de esta pieza, pues ya conozco la última.
—Con mucho gusto; voy a avisar a mi amigo.