La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Un día el rostro de la muchacha se iluminó. En medio del desenfreno programado por su madre, le pareció a la pecadora que Dios le otorgaba una satisfacción. Y, al fin y al cabo, ¿por qué Dios, que la había creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que de casto había aún en ella se estremeció de gozo. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de esos seres a quienes se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre respondió a la hija que ya no les sobraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo.
Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.
Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y física; pero la última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto.