La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias La madre vive todavÃa: ¿cómo? ¡Sabe Dios!
Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que desde la puerta observaba con atención si no me llevaba nada.
Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.
—¿PodrÃa decirme —le dije— el nombre de la persona que vivÃa aquÃ?
—La señorita Marguerite Gautier.
ConocÃa a esa joven de nombre y de vista.
—¡Cómo! —dije al vigilante—. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?
—SÃ, señor.
—¿Y cuándo ha sido?
—Creo que hace tres semanas…
—¿Y por qué dejan visitar el piso?
—Los acreedores han pensado que asà subirÃa la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?
—¿Ah, tenÃa deudas?
—¡Oh, sÃ, señor! Y no pocas.
Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?
—Y sobrará.
—¿Entonces quién se llevará el resto?