La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Su familia.
—¿Ah, tiene familia?
—Eso parece.
—Muchas gracias.
El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salÃ.
«¡Pobre chica! —iba diciéndome mientras volvÃa a mi casa—. No ha debido de morir muy alegremente, pues en su mundo no hay amigos más que cuando uno está bien».
Y, sin querer, no podÃa menos de compadecerme de la suerte de Marguerite Gautier.
Quizá le parezca ridÃculo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal indulgencia.
Un dÃa, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisarÃa, vi cómo en una de las calles adyacentes dos gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que habÃa hecho: lo único que puedo decir es que lloraba a lágrima viva abrazando a un niño de pocos meses, de quien su detención la separaba. Desde aquel dÃa ya no he podido despreciar a una mujer a simple vista.