La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Ah, pobre Marguerite! —dijo Gaston, poniĂ©ndose al piano y tocando un vals—. Yo no sabĂa eso. Y sin embargo ya hacĂa algĂşn tiempo que me parecĂa menos alegre.
—¡Chist! —dijo Prudence aguzando el oĂdo.
Gaston dejĂł de tocar.
—Creo que me llama.
Escuchamos.
En efecto, una voz llamaba a Prudence.
—Hala, caballeros, váyanse —nos dijo la señora Duvernoy.
—¡Ah! —dijo Gaston riendo—, ¿es asà como entiende usted la hospitalidad? Nos iremos cuando nos parezca bien.
—¿Por qué tenemos que irnos?
—Voy a ver a Marguerite.
—Esperaremos aquĂ.
—Eso no puede ser.
—Entonces iremos con usted.
—Menos aún.
—Yo conozco a Marguerite —dijo Gaston—, y bien puedo ir a hacerle una visita.
—Pero Armand no la conoce.
—Yo se lo presentaré.
—Es imposible.