La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Pasamos al salón, y del salón al gabinete, que en aquella época estaba tal como lo vio usted después.
Un joven estaba apoyado contra la chimenea.
Marguerite, sentada ante el piano, dejaba correr sus dedos por las teclas, y empezaba fragmentos que no terminaba.
Aquella escena ofrecía un cariz de aburrimiento, que en el hombre era producto de lo incómodo de su nulidad, y en la mujer, de la visita de aquel lúgubre personaje.
Al oír la voz de Prudence, Marguerite se levantó y, acercándose a nosotros tras cambiar una mirada de agradecimiento con la señora Duvernoy, nos dijo:
—Pasen, caballeros, y bienvenidos: