La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —No; pero, ande, tráigaselos; cualquier cosa antes que el conde. Los espero, vengan enseguida.
Marguerite volvió a cerrar su ventana y Prudence la suya.
Marguerite, que por un momento se habÃa acordado de mi rostro, no se acordaba de mi nombre. Hubiera preferido un recuerdo desfavorable antes que aquel olvido.
—Ya sabÃa yo —dijo Gaston— que estarÃa encantada de vernos.
—Encantada no es la palabra —respondió Prudence, poniéndose su chal y su sombrero—. Los recibe a ustedes para obligar al conde a que se vaya. Traten de ser más amables que él porque, si no, conozco a Marguerite y sé que se enfadará conmigo.
Seguimos a Prudence mientras bajaba.
Yo temblaba; me parecÃa que aquella visita iba a tener una gran influencia en mi vida.
Estaba aún más emocionado que la noche de mi presentación en el palco de la Opera Cómica.
Al llegar a la puerta del piso que ya conoce usted, me latÃa con tanta fuerza el corazón, que era incapaz de controlar mis pensamientos.
Hasta nosotros llegaron unos acordes de piano.
Prudence llamó.
El piano se calló.
Una mujer con aspecto de dama de compañÃa más que de doncella fue a abrirnos.