La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —¡Ah, ya recuerdo! —repuso Marguerite con una sonrisa—. Pero no estuvo usted ridÃculo; fui yo la que me puse en plan bromista, como aún sigo haciendo a veces, aunque menos. ¿Me ha perdonado usted?
Me tendió su mano, y yo se la besé.
—Es cierto —prosiguió—. ImagÃnese, tengo la mala costumbre de querer poner en aprietos a la gente que veo por primera vez. Es una estupidez. Mi médico dice que es porque soy nerviosa y estoy siempre delicada: crea a mi médico.
Pues tiene usted muy buen aspecto.
—¡Oh, he estado muy enferma!
—Ya lo sé.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Todo el mundo lo sabÃa; vine con frecuencia a preguntar por usted, y me alegré mucho cuando me enteré de su convalecencia.
—No me han entregado nunca su tarjeta.
—No la dejé nunca.
—¿No será usted el joven que venÃa a preguntar por mà todos los dÃas durante mi enfermedad y que nunca quiso dejar su nombre?
—Yo soy.