La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias —Entonces es usted más que indulgente, es generoso. Usted, conde, no hubiera hecho eso —añadió, volviéndose hacia el señor de N…, tras haberme lanzado una de esas miradas con las que las mujeres completan su opinión sobre un hombre.
—Sólo hace dos meses que la conozco —replicó el conde.
—Y el señor sólo hace cinco minutos que me conoce. No dice usted más que tonterÃas.
Las mujeres son despiadadas con las personas que no son de su agrado.
El conde enrojeció y se mordió los labios.
Sentà piedad por él, pues parecÃa estar enamorado como yo, y la dura franqueza de Marguerite debÃa de hacerle muy desgraciado, sobre todo en presencia de dos extraños.
—Estaba usted tocando cuando hemos entrado —dije entonces para cambiar de conversación—. ¿No quiere usted darme el gusto de tratarme como a un viejo conocido y continuar tocando?
—¡Oh! —dijo, echándose en el canapé a invitándonos con un gesto a sentarnos—. Gaston sabe perfectamente qué clase de música toco. Cuando estoy sola con el conde, vale, pero no quisiera que ustedes tuvieran que soportar semejante suplicio.