La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—¿Tiene usted esa preferencia por mí? —replicó el señor de N… con una sonrisa que tenía pretensiones de ser sutil a irónica.

—Se equivoca usted al reprochármela: es la única.

Estaba decidido que aquel pobre muchacho no dijera una palabra. Lanzó a la joven una mirada realmente suplicante.

—Dígame, Prudence —continuó ella—, ¿ha hecho usted lo que le rogué?

—Sí.

—Está bien, ya me lo contará más tarde. Tenemos que charlar; no se vaya sin hablar conmigo.

—Creo que hemos sido un poco indiscretos —dije yo entonces—, y ahora que ya hemos, o mejor dicho he obtenido una segunda presentación para hacer olvidar la primera, Gaston y yo vamos a retirarnos.

—¡Ni hablar de eso! No lo he dicho por ustedes. Al contrario, quiero que se queden.

El conde sacó un reloj muy elegante y miró la hora:

—Ya es hora de que me vaya al club —dijo.

Marguerite no respondió.

El conde se separó entonces de la chimenea y, dirigiéndose a ella:

—Adiós, señora.

Marguerite se levantó.


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