La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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—Adiós, querido conde, ¿ya se va usted?

—Sí, me temo que estoy aburriéndola.

—No me aburre usted hoy más que otros días. ¿Cuándo volveremos a verlo?

—Cuando usted me lo permita.

—¡Entonces, adiós!

Reconocerá usted que aquello era cruel.

Por suerte el conde tenía muy buena educación y un carácter excelente. Se contentó con besar la mano que Marguerite le tendía con no poca indolencia, y salió tras habernos saludado.

En el momento en que franqueaba la puerta miró a Prudence.

Esta se encogió de hombros con un aire que parecía significar: «¿Qué quiere usted? He hecho todo lo que he podido».

—¡Nanine! —gritó Marguerite—. Alumbra al señor conde.

Oímos abrir y cerrar la puerta.

—¡Por fin se ha ido! —exclamó Marguerite, volviendo a aparecer—. Ese muchacho me pone los nervios de punta.

—Hija mía —dijo Prudence—, hay que ver lo mala que es usted con él, con lo bueno y atento que es él con usted. Sin ir más lejos, ahí tiene en la chimenea ese reloj que le ha dado, y que estoy segura de que le ha costado mil escudos por lo menos.


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