La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Y la señora Duvernoy, que se habÃa acercado a la chimenea, 3 jugueteaba con la joya de que hablaba mientras le lanzaba miradas codiciosas.
—Amiga mÃa —dijo Marguerite, sentándose al piano—, cuando sopeso por un lado lo que me da y por otro lo que me dice, aún me parece que sus visitas le salen baratas.
—El pobre muchacho está enamorado de usted.
—Si tuviera que escuchar a todos los, que están enamorados den mÃ, no tendrÃa tiempo ni para cenar.
Y dejó correr sus dedos por el piano, tras lo cual, volviéndose hacia nosotros, nos dijo:
—¿Quieren tomar algo? Yo beberla con gusto un poco de ponche.
—Y yo comerÃa con gusto un poco de pollo —dijo Prudence—. ¿Y si cenáramos?
—Eso es, vámonos a cenar —dijo Gaston.
—No, vamos a cenar aquÃ.
Llamó. Apareció Nanine.
—Di que vayan a buscar algo de cenar.
—¿Qué hay que traer?
—Lo que quieras, pero enseguida, enseguida.
Nanine salió.
—Eso es —dijo Marguerite, saltando como una niña—, vamos a cenar. ¡Mira que es aburrido ese imbécil del conde!