La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Cuanto más veÃa a aquella mujer, más me encantaba. Era hermosa hasta dejarlo de sobra. Incluso su delgadez era una gracia.
Yo la contemplaba arrobado.
Apenas puedo explicar lo que me ocurrÃa. Me sentÃa lleno de indulgencia hacia su vida, lleno de admiración por su belleza. La prueba de desinterés que daba no aceptando a un hombre joven, elegante y rico, dispuesto a arruinarse por ella, excusaba a mis ojos todas sus faltas pasadas.
HabÃa en aquella mujer algo como una especie de candor.
Se veÃa que aún estaba en la virginidad del vicio. Su paso seguro, su talle flexible, las ventanillas de su nariz rosadas y abiertas, sus grandes ojos ligeramente circundados de azul, denotaban una de eras naturalezas ardientes que esparcen a su alrededor un perfume de voluptuosidad, como esos frascos de Oriente que, por bien cerrados que estén, dejan escapar el perfume del licor que contienen.
En fin, fuera por naturaleza, fuera consecuencia de su estado enfermizo, de cuando en cuando pasaban por los ojos de aquella mujer destellos de deseo, cuya expansión hubiera sido una revelación del cielo para quien ella hubiera amado. Pero los que habÃan amado a Marguerite ya no podÃan contarse, y los que ella habÃa amado no podÃan contarse todavÃa.