La Dama de las Camelias

La Dama de las Camelias

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En una palabra, en aquella chica se reconocía a la virgen a quien una pequeñez había convertido en cortesana, y a la cortesana a quien una pequeñez hubiera convertido en la virgen más amorosa y más pura. Todavía quedaba en Marguerite orgullo e independencia: dos sentimientos que, heridos, son capaces de hacer lo que el pudor. Yo no decía nada; mi alma parecía haberse pasado totalmente a su corazón y mi corazón a mis ojos.

—¿Así que —prosiguió ella de pronto— es usted el que venía a preguntar por mí cuando estaba enferma?

—Sí.

—Eso es algo muy hermoso, ¿sabe? ¿Y qué puedo hacer yo para agradecérselo?

—Permitirme venir a verla de cuando en cuando.

—Siempre que usted quiera, de cinco a seis de la tarde y de once a dote de la noche. Oiga, Gaston, tóqueme la Invitación al vals.

—¿Por qué?

—Primero, porque tengo ese gusto, y luego, porque no consigo tocarla sola.

—¿Qué es lo que le resulta complicado?

—La tercera parte, el fragmento en sostenido.

Gaston se levantó, se puso al piano y comenzó la maravillosa melodía de Weber, cuya partitura estaba abierta sobre el atril.


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