La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias Marguerite, con una mano apoyada en el piano, miraba el álbum de música, siguiendo con los ojos cada nota, que acompañaba en voz baja, y, cuando Gaston llegó al pasaje que le habÃa indicado, tarareó mientras daba con los dedos en la tapa del piano:
—Re, mi, re, do, re, fa, mi, re, eso es lo que no me sale. Empiece otra vez.
Gaston empezó otra vez, y luego Marguerite le dijo:
—Déjeme intentarlo a mà ahora.
Ocupó su sitio y se puso a tocar; pero sus dedos rebeldes se equivocaban siempre en una de las notas que acabo de decir.
—¡Es increÃble —dijo con una auténtica entonación de niña— que no consiga tocar ese pasaje! ¿Podrán creer ustedes que a veces me he tirado hasta las dos de la mañana detrás de él? ¡Y cuando pienso que ese imbécil de conde lo toca admirablemente y sin partitura, creo que eso es lo que hace que me ponga furiosa con él!
Y volvió a empezar, siempre con los mismos resultados.
—¡Que el diablo se lleve a Weber, la música y los pianos! —dijo arrojando el álbum a la otra punta de la habitación—. ¿Cómo puede entenderse que no sea capaz de tocar ocho sostenidos seguidos?
Y se cruzaba de brazos mirándonos y golpeando el suelo con el pie.