La Dama de las Camelias
La Dama de las Camelias La sangre se le subió a las mejillas y una tos ligera entreabrió sus labios.
—Vamos, vamos —dijo Prudence, que se habÃa quitado el sombrero y se alisaba los bandós ante el espejo—; todavÃa va a enfadarse usted y le sentará mal; más vale que vayamos a cenar: yo es que me estoy muriendo de hambre.
Marguerite volvió a llamar, luego se puso al piano y comenzó a media voz una canción libertina, en cuyo acompañamiento no se equivocaba.
Gaston se sabÃa aquella canción a hicieron una especie de dúo.
—No cante esas porquerÃas —dije familiarmente a Marguerite y con un tono de súplica.
—¡Oh, qué casto es usted! —me dijo sonriendo y tendiéndome la mano.
—No es por mÃ, es por usted.
Marguerite hizo un gesto como queriendo decir: «¡Oh, yo hace ya mucho tiempo que terminé con la castidad!».
En aquel momento apareció Nanine.
—¿Está lista la cena?
—SÃ, señora, dentro de un momento.
—A propósito —me dijo Prudence—, no ha visto usted el piso; venga, se lo voy a enseñar.